EL KANKA y Manuel Medrano - Que bello es vivir


El Kanka. Cantautor, compositor y músico español. es considerado uno de los mejores exponentes de la nueva generación de cantautores de España. Esta versión de su tema que bello es vivir junto a Manuel Medrano está llena de textura y una propuesta musical muy interesante.

Sabiduría literaria


La luna me sabe a poco

La luna me sabe a poco

Capítulo I

Mi nombre es Jonathan Silencio, y mi trabajo es que sigáis creyendo que vivís a salvo. Ambas cosas son falsas.
Escogí ese nombre por el personaje de Algernon Blackwood, un investigador de lo oculto que él llamó John Silence, cuando volví de la muerte. En aquel momento, y aún hoy, yo no tenía memoria de mi pasado, ni recordaba mi nombre o cualquier otro dato sobre mi vida. Así que escogí ese, que después de todo pegaba con mi nuevo trabajo.
Soy detective, investigador, guardián, cazador, como se quiera llamar. Investigo lo que otros ignoran, me muevo por las sombras de la noche para cazar lo que, de otro modo, os cazaría a vosotros. Y tampoco se me caen los anillos por buscar a vuestro perrito o sacar fotos de vuestra pareja y su amante, si pagáis bien.
Llevaba varias noches pateándome las calles de Valladolid, buscando pistas sobre una serie de asesinatos que la policía achacó primero a bandas callejeras y después a perros callejeros. Eran tan inútiles que su siguiente paso sería culpar a planos callejeros, pero por suerte, alguien me contrató antes.
La madre de una de las muchachas muertas había decidido que, tras dos meses sin pistas, la policía no iba a conseguir nada, y que recurrir a un tipo discreto y con experiencia sería lo mejor.
La madre, cuyo nombre omitiré, había visto el cadáver de su hija antes de que los forenses lo arreglasen. Fue ella la que lo encontró, en la cochera de la familia, sobre y bajo el coche de la familia, y un poco en las paredes de la cochera de la familia.
La noche del sábado, la chica salió con sus amigas a tomar unas copas y bailar. Según las declaraciones de estas amigas a la policía y mis conversaciones con ellas, se perdieron de vista en la zona de bares de Cantarranas, y cuando intentaron contactar con ella, el teléfono de la víctima estaba apagado.
Al parecer, alguien la siguió desde dicha zona hasta su casa, y ella fue atacada al entrar por la cochera. Yo suponía que no usó la puerta principal porque la cochera quedaba más cerca de su habitación y no quería despertar a sus padres, aunque ese era un detalle menor. Simplemente, no me gustan los cabos sueltos.

Las anteriores víctimas, según los informes policiales que un agente más amigo del dinero que de la honradez me había fotocopiado, fueron tres prostitutas, muertas en dos noches diferentes del mes de agosto. La policía pensó que se trataba de una lucha entre bandas rivales, y que las putas murieron en alguna revancha o aviso de una banda hacia la otra. Un enfrentamiento por el territorio, una llamada de atención para las demás chicas de la calle.
Esto habría tenido algo de sentido si las víctimas hubieran muerto tiroteadas, rajadas o algo así, pero no era el caso. Las tres murieron de la misma manera. Encerradas en una habitación, una de ellas sola, y las otras dos juntas la noche siguiente, fueron atacadas por perros que destrozaron sus gargantas y las destriparon. Imagino que no fueron muertes rápidas ni fáciles.
La teoría de la poli era muy simple. Los miembros de la banda A, tratando de asustar a las chicas que trabajan para la banda B, secuestran a un par de putas, las encierran en una habitación de hotel, sueltan a los perros y dan un escarmiento, dejando allí el mondongo.
La teoría de la poli era una gilipollez.
En primer lugar, meter a uno o más perros de buen tamaño en un hotel, por mucho que fuese una pensión de mala muerte, no es algo que se haga discretamente. Además, las chicas trabajaban para la banda B, unos rumanos bastante chungos, y estaban en su zona. Entrar en territorio de una banda enemiga con perros salvajes y gente suficiente como para controlar a dos rehenes a la vez... vaya, eso en mi barrio es pelea.

Yo estaba en mi habitación de La Cueva, una hostelería bastante decente, con la ventaja de que sólo tiene dos pisos y se puede saltar desde el balcón y huir por la calle Correos o por Campanas, y perderse en las estrechas calles circundantes si las cartas vienen mal repartidas.
Llevaba cuatro cigarros y un par de Jack Daniels cuando conseguí entrar en el ordenador de la Poli y ver las fotos de las escenas del crimen. Mi contacto en la policía pedía demasiado por ellas, y la pensión tiene wifi, así que tomé el camino difícil.
Acabé el bourbon de un trago al ver la habitación con los cadáveres de las dos chicas. Era como si alguien hubiese lanzado dos Monster High y un kilo de albóndigas contra el ventilador del techo. Hice de tripas corazón, como alguien había hecho ya con ellas, y examiné las fotos con toda la objetividad posible. Me costó otra copa.
Aquello era tan salvaje que habría hecho vomitar a los perros.
Además, si uno se fijaba en las marcas de zarpas de la pared y los desgarrones de los colchones, estaba claro que aquello no era obra de ningún perro.
La única conclusión posible, la que jamás se plantearía la Policía, era la que yo confirmé al ver aquellas fotos de la habitación, por cuyas ventanas se veía claramente una luna menguante.

Había un hombre lobo cazando en Valladolid.

CAPÍTULO II

-¿Qué quiere decir cuando se refiere a un “hombre lobo”, señor Silencio?
La señora de la casa, a la que llamaré María, me miraba desde su pulcro sofá mientras sujetaba su bebida con delicada elegancia. Si hubiera sido un té, la cosa resultaría muy miss Marple, pero el estado de nerviosa postración en que se encontraba tras la muerte de su hija la había llevado al gintonic mañanero sin ningún pudor.
Yo me serví un Cardhu, y me di un tiempo para disfrutar su profundo sabor a madera. O lo que yo considero sabor a madera, claro, no voy por la vida chupando muebles.
-Usted ya sospechaba algo fuera de lo normal, señora. Por eso me buscó a mí en lugar de a un detective más corriente. Estoy seguro de que se trata de un hombre, porque el componente sexual entre los preternaturales es tan común como entre los humanos.
-¿Cree que mi hija fue... atacada sexualmente?
Me apresuré a sacudir la cabeza, negando la posibilidad. Aunque no seria extraño que el hombre lobo hubiese violado a las víctimas, saberlo no ayudaría a mi cliente.  Bastante tenía la pobre mujer. Dio un sorbo a su copa mientras yo continuaba con mi explicación.
-Estos seres son más comunes de lo que la gente cree, señora. No se trata sólo de personajes de películas y libros. He cazado a unos cuantos, y estoy seguro de que aquí tenemos a un hombre lobo, alguien capaz de transformarse en mitad humano, mitad animal. Con la fuerza suficiente como para hacer lo que le hizo a esas chicas, y la rabia, la falta de escrúpulos necesarias para que no le importe hacerlo.
En su forma humana, será un tipo normal, el vecino soltero y solitario con el que nos cruzamos todos los días, un poco hosco y con tendencia al mal humor. Rabioso, frustrado por algún motivo. Pero cuando cruza el velo, cuando esa fuerza se manifiesta...  se convierte en una bestia guiada por instintos.
-¿Con la luna llena?
-No es imprescindible. Es una cuestión de cómo de fuerte es.
-Perdone, pero no le entiendo –dijo mientras se levantaba y se preparaba otra copa.
Me admiró su control. Las manos apenas le temblaban, aunque el tintineo del cristal mientras vertía el líquido era audible. Sus hombros estaban alzados, la espalda recta, en un intento de disimular una tranquilidad que no podía sentir. Supuse que empezaría a llorar en cuanto se quedase sola.
-Los preternaturales no son iguales entre sí –expliqué, en un intento de convertir en racional lo ocurrido- y su fuerza es una de las grandes diferencias. Cuanto más poderoso sea el hombre lobo, más capaz será de controlar su mutación. Un hombre lobo débil, digamos alguien recién mordido que ha sobrevivido al ataque, se transformará con la luna llena, sin poder controlarlo, y atacará de forma oportunista, a quien encuentre en su camino. Un hombre lobo fuerte, con voluntad, y que ejerza esa voluntad resistiéndose a la bestia interior, puede convertirse en hombre o en lobo cuando lo desee. Puede mantener un cierto grado de control durante la transformación y escoger a sus víctimas.  Sin embargo, ese mismo poder es una forma de castigo, una carga pesada.
-Disculpe, pero me temo que no acabo de comprenderle.
Apuré mi copa y saqué un cigarrillo. Me miró con cierta hostilidad, así que volví a guardar el cigarro. Estropear el olor a lavanda de aquél salón habría sido demasiado.
-Imagine el poder como un arma. Un preternatural recién despertado, un hombre lobo recién mordido, es algo así como un atracador con una navaja. Está armado, es relativamente peligroso, y puede llevar su arma encima todo el tiempo. Un preternatural fuerte y con férrea voluntad, como el que creo que nos ha tocado, es el puñetero Chuck Norris con un bazooka al hombro.
-Le ruego que modere su lenguaje –dijo María.
Envidié el autocontrol de aquella mujer. Si el preternatural hubiese sido ella, me habría asustado. Y mucho.
-Perdóneme, doña María. Bien, lo que quiero decir es que el poder es un peso con el que tienen que cargar continuamente, un dolor constante que sólo mediante la voluntad puede controlarse. Algunos preternaturales no pueden ejercer su poder, porque pesa demasiado. Otros han de huir de nuestra realidad hacia otras, como los fantasmas o espectrales, y otros, como los vampiros, pueden ser destruidos por ese poder si no controlan su sed, si tratan de permanecer en nuestro lado de la realidad para satisfacerla.
Hice una nueva pausa, dando tiempo a la mujer para que asimilase la información. O para que me echase de su casa, tildándome de loco. Pareció tomárselo bien, así que seguí.
-Le cuento esto porque, y es sólo una posibilidad remota, quizá la muerte de su hija no sea casual. Quizá el hombre lobo la conocía personalmente. Un novio frustrado, un enemigo profesional, alguien que desease hacerle daño por cualquier motivo...
-No creo que mi hija tuviera ninguna conexión con las tres muchachas de la calle que murieron antes que ella.
-Por supuesto, por supuesto... de hecho nada lo señala en el testimonio de sus amigas ni en los informes policiales. Pero quiero que tenga en cuenta la posibilidad de que haya una conexión. Y que tal vez necesite usted cierta protección.
Saqué de mi mochila un par de botes de espray que dejé sobre la mesa, junto al gintonic de María.
-Estos aerosoles contienen una solución de dialkilsulfito y nitrato de plata. Resultaría tóxico para cualquier humano, pero es aún peor para un hombre lobo. Llévelos siempre encima y, si aparece por aquí, trate de darle en la cara, en los ojos o el hocico. Eso le dará tiempo para huir. Prepare una habitación con ajos en puertas y ventanas, y todos los objetos de plata de la casa. Será su habitación del pánico. Y lleve encima alguna joya de plata, a ser posible perteneciente a su hija.
-¿A mi hija?
-Sí, señora. La plata no les gusta, pero si además tiene una carga de sentimientos... bueno, será una fuerza añadida. Y si puede darme algún objeto de plata que perteneciese a la chica, sería un arma más efectiva que yo podría usar contra el monstruo.
Con una compostura envidiable, María digirió toda la información y la empujó con un elegante trago de la copa. Pensé que en su juventud tuvo que ser una mujer impresionante.
Se levantó, guardando uno de los aerosoles en el bolsillo de su vestido, y salió de la habitación. Volvió un par de minutos después con un pequeño joyero en la mano. Lo dejó sobre la mesa y lo abrió, dejando salir una música dulce y lenta, empalagosa como un final de película Disney. Era la caja de una niña. Sacó de  ella dos cadenas de plata, una de ellas con un crucifijo y la otra, algo más gruesa, con una medalla de San Cristóbal. Suspiró muy hondo, mordiéndose los latidos para no arrancar a llorar, aguantándose las ganas de contarme de dónde salieron aquellas joyas, de hundirse en la nostalgia como habría hecho la mayoría de la gente. Me entregó la medalla de San Cristóbal con su cadena.
-Usted dice que el hombre lobo pudo llegar a serlo por el ataque de otro –dijo-, por lo que no sería más que otra víctima, en cierto modo...
-Sí, así es. Un hombre atacado por un licántropo no tendría mucho control sobre sus actos. En cierto modo, no podríamos culparle, moralmente.
Respiró hondo. Supongo que estaba dándole vueltas a las implicaciones morales de aquello.
-Si le encuentra... –clavó sus ojos secos en los míos-, no, cuando le encuentre, no quiero que eso le detenga. Mate a esa cosa.
Asentí. Guardé la medalla en el bolsillo de mi chaqueta y recogí la mochila. Ya estaba todo hablado, así que estreché la mano seca y fría de María y me retiré. Volvió a llamarme cuando casi había alcanzado la puerta.
-Señor Silencio.
Me detuve y me giré.
-Dígame, María.
-Usando su metáfora, ¿cuál es la fuerza a la que nos enfrentamos? ¿Un atracador con una navaja grande, tal vez? ¿O un Chuck Norris armado?
Sonreí de medio lado, sin alegría ninguna. Un lobo que ataca fuera de las fases lunares y destroza de esa manera carne y huesos no es ninguna broma.
-Creo, señora, que es más bien King Kong con un tanque en cada mano.

CAPÍTULO III
 
Encendí mi móvil al salir de casa de María, y en unos segundos me llegó un mensaje de mi contacto en la policía. Me informaba del hallazgo de un nuevo cadáver, otra prostituta que trabajaba en la misma zona que las primeras, y que había muerto en parecidas circunstancias la noche anterior, aunque la habían encontrado durante la tarde del día de hoy. La escena, esta vez, no era una habitación de hotel, sino un callejón de la zona de Cantarranas.
Me colgué al cuello la cadena de plata y me dirigí al escenario del crimen, aunque sabía que la poli no iba a dejarme meter el hocico por allí.
Atardecía ya, uno de esos atardeceres de septiembre que parecen crema espesa en un cielo sucio, y la llegada de la noche no era un buen augurio. El lobo había atacado la noche anterior, y supuse que estaría enfebrecido de sangre y ansia.
Rondé un rato la escena del crimen, pero había demasiados policías para que mereciese la pena el riesgo de entrar. Habrían descubierto que mi placa era falsa en un abrir y cerrar de ojos. Así que decidí prepararme para la noche, suponiendo que la zona de caza de la bestia estaba centrada en Cantarranas.
Entré en el “Ángel o Diablo”, un bar de copas de la calle Macías Picavea, que a esas horas aún estaba tranquilo.
Una chica limpiaba con servilletas de papel un charco de líquido que escurría por el frontal de la barra, ofreciendo una interesante panorámica de su trasero prieto. Por lo demás, el local estaba vacío.
-¿Me pones un Jack Daniels cuando puedas, cariño? –dije mientras me dirigía al fondo de la barra, desde donde podía vigilar la puerta sin problemas. Vicios del trabajo.
-Prueba con el camarero. Cariño –dijo ella con frialdad-. Yo no trabajo aquí.
En ese momento salió del almacén un joven fornido, con una de esas camisetas de manga tan corta que parecen decir, “mira, tengo un bíceps aquí mismo”, llevando un cubo y una fregona.
-Vale. La copa era tuya y no eres la camarera, sino una cliente.
-Chico listo –dijo ella dejando el deforme puñado de servilletas sobre la barra-. ¿Eres detective o qué?
Me fijé mejor en ella. Era alta, de larga melena castaña, y tenía un cuerpo muy aceptable, envuelto por unos vaqueros ajustados y uno de esos jerseys amplios de cuello abierto que dejan siempre un hombro al descubierto. Me encanta mirar los hombros insinuados de las mujeres, son como promesas de un mañana mejor.
-En realidad, sí –abrí ligeramente mi chaqueta, mostrando la funda sobaquera de mi revolver-, uno de esos a lo Mike Hammer.
Como esperaba, sus ojos brillaron al ver el arma. Algunas mujeres prefieren el olor a adrenalina sobre cualquier otro.
Se sentó en una banqueta cercana, dejando un par de ellas libres entre nosotros. Sin prisas, sin confianzas, pero sin demasiada distancia.
El camarero acabó de limpiar y me preguntó qué quería. Pedí un Jack Daniels y una copa para ella, sin preguntarle si aceptaba mi invitación. Aceptó, claro.
Hablamos durante un par de copas, sin agobios, mientras el local iba llenándose de gente. Hice unas cuantas preguntas sobre los ataques, sobre si los residentes de la zona habían escuchado algo, ese tipo de cosas que hacemos los detectives. Ella me preguntó por mi trabajo, mis experiencias, mis cicatrices. Era una de esas mujeres a las que le gustan las cicatrices. De esas mujeres que contemplan tus heridas mordiéndose los labios, pensando en cómo inflingirte algunas nuevas que te hagan olvidar las antiguas. Y yo soy un coleccionista de cicatrices.
Dos horas después estábamos en su casa, un viejo edificio de tres plantas en la calle Gallegos. A un lado, una casa de dos plantas hecha polvo y un solar vallado que hacía esquina con Bajada de la Libertad daban fe de lo humilde de la zona, mientras que por el otro, la calle se prolongaba en edificios con aspecto de igual desamparo.
Subimos por las escaleras comiéndonos a besos, con un ansia casi animal que hizo que no sintiera el olor a moho y madera vieja del portal, ni nada más allá del de su piel.
Abrió la puerta de la casa mientras yo, a su espalda, me frotaba contra aquél culo perfecto y mordisqueaba su nuca y su cuello, y entramos casi peleándonos por quitar al otro la ropa.
Desabroché la funda del arma en el pasillo, y ella la arrancó junto a mi camisa, tirándolo todo al suelo, mientras avanzábamos a empujones hacia su dormitorio. El jersey quedó en el umbral abierto, y la luna que se asomaba por la ventana me mostró sus pechos, no demasiado grandes, duros, coronados por unos pezones oscuros y amplios que besé con ganas. Caímos sobre la cama, y di gracias a que fuera de matrimonio mientras rodábamos por ella, jadeando al arrancarnos los pantalones, riendo por lo difícil que resultaba quitarnos el calzado.
Mis pantalones se enredaron en la caña de mi bota, y ella se arrastró hacia abajo, frotando su piel contra la mía, para ayudarme a quitarme la bota, y a la vez empezó a lamer mi sexo, a abrazarlo con su boca húmeda, a besar y morder mis muslos con tal avaricia, con tan bestial deseo, que pensé que no aguantaría ni el tiempo suficiente para desnudarla por completo.
Un minuto después toda mi ropa estaba en el suelo, y toda la suya repartida por la habitación.
Correspondí entre sus piernas, conteniéndome, tratando de apagar en su receptiva humedad el fuego de mi lengua, sintiendo cómo mi barba de tres días irritaba y calentaba aún más la blanca piel entre sus muslos.
Noté cómo llegaba, cómo se arqueaba hacia arriba buscando aún más el estímulo de mis labios, y saqué mi lengua de su interior sólo el tiempo suficiente para que me echase de menos, para que me buscase cerrando las caderas, sacudiendo su cintura hasta encontrar de nuevo mi boca, y mordí con delicadeza los labios de su vagina, notando por fin cómo se derramaba mientras sus gemidos borraban todo sonido del mundo.
Subí, mi boca empapada besando cada centímetro de piel descubierta, piel azulada por la luna, poro abierto y encrespado como un mar que recibe la tormenta y la multiplica, le da sentido al trueno y a la furia, y desata al fin la tempestad inmensa.
No hizo falta que buscase la entrada, sus manos ya me guiaban, me acariciaban, me forzaban casi a entrar. Lo hice despacio, oponiéndome a la fuerza de sus piernas cerradas alrededor de mi cintura, y fue en ese momento cuando se abrió la puerta de la habitación.
Me quedé paralizado, a medio camino del paraíso, mirando sin entender a la mujer alta, ancha de hombros y de larga melena negra que nos contemplaba desde el umbral. Llevaba una blusa negra, vaqueros negros y botas altas, y sus grandes pechos parecían a punto de rebosar por la abertura de los botones.
Entonces, mi amante apretó aún más con sus piernas, elevando sus caderas, y me introdujo en ella con tal fuerza que no pude evitar un jadeo ronco.
La mujer del umbral nos miró, su expresión indescifrable en la penumbra de la luna, y desabrochó los botones de su blusa con rapidez, casi con rabia.
La lujuria se apoderó aún más de mi al imaginar que aquella mujer, fuese quien fuese, iba a unirse a nosotros, como pasa en las películas eróticas o en las revistas como Penthouse, y me dejé encerrar por aquellas piernas y aquellos ojos.
Sin pensar, en ningún momento, que yo no era un personaje de película erótica.

CAPÍTULO IV

El trabajo de detective se basa en unos pocos pilares básicos. Observación, perseverancia, mente abierta y poco más. Como decía Holmes, cuando todo lo imposible ha sido descartado, lo que queda, por improbable que parezca, es la verdad.
Así que cuando aquella imponente mujer se desabrochó la blusa y vi sus grandes pechos agitarse con furia mientras se la arrancaba, y vi un segundo después cómo empezaban a cubrirse de pelo, la verdad quedó bastante clara.
El rostro de la mujer empezó a moverse dentro de su piel, mientras sus huesos y músculos se reordenaban y sus ojos parecieron encogerse, hundirse en las cuencas, tal vez un efecto óptico debido a la prolongación de su boca en un hocico.
No me quedé a ver el resto de la película.
Traté de levantarme, cogiendo a mi amante fortuita para apartarla de lo que se avecinaba, pero ella aún cerraba con fuerza sus piernas sobre mí, y yo estaba clavado con una mariposa en el tablero de un coleccionista. Como una mariposa muy excitada.
-¡Tenemos que largarnos! –grité a la vez que rodábamos sobre la cama, abrazados, con sus caderas aún moviéndose- ¡Rápido!
Caímos al suelo, con la cama entre la mujer lobo y nosotros, con la camarera sobre mí. En lugar de levantarse y salir corriendo, lo que hizo ella fue seguir moviendo sus caderas, saltando con lujuria renovada sobre mí, y la mezcla de terror, excitación y adrenalina convirtieron aquello en la más salvaje experiencia sexual que recuerdo. Duró apenas tres segundos, el tiempo que tardó la camarera en responder entre jadeos.
-No tienes ningún sitio al que huir, imbécil...
El gruñido ronco que vino del otro lado de la habitación parecía apoyar la idea. Yo tampoco estaba en posición de discutirla.
El siguiente momento fue muy confuso. Al mismo tiempo que ella llegaba al climax, mi cuerpo respondió, derramándome dentro del suyo como una presa que se abre, y ambos nos tensamos en perfecta armonía, mi grito involuntario uniéndose a su chillido de placer, de triunfo, y al aullido de rabioso dolor de la cosa al otro lado de la cama.
Entendí lo que ocurría. Una parte importante del trabajo de detective consiste en tener la suerte de encontrarte en el lugar y momento adecuados para ver cómo sucede lo improbable.
No tenía tiempo de pararme a discutir con la maldita camarera, y desde luego, ella no necesitaba que la salvase. Puse las manos en sus pechos y empujé con todas mis fuerzas, consiguiendo por fin quitármela de encima. Al otro lado de la cama, la espalda de la mujer lobo se había ensanchado casi medio metro, y sus ojos eran ya de un color dorado pálido. Cruzamos nuestras miradas durante un instante, y vi en la suya el mismo dolor, la misma rabia frustrada y desesperada de cualquier enamorado que descubre la infidelidad de la persona amada.
Cogí del suelo mis pantalones, aún enredados en mis botas, y abrí la ventana. Salir por la puerta era imposible, con aquella cosa en medio, y eso dejaba fuera posibilidad de llegar hasta mi arma, así que la prioridad era poner tierra de por medio. Tendría que conformarme con la navaja que guardaba en la funda cosida al interior de la bota izquierda. Subí al alfeizar, con el bulto de ropa bajo el brazo, mientras la camarera se levantaba mirándome con rabia.
-¡Ya te llamaré yo, preciosa! –grité mientras saltaba.
Lanzarme a la calle implicaba un salto de dos plantas, mientras que a la derecha de mi posición había otro edificio igual de alto, que como mucho me ofrecía la posibilidad de agarrarme a un balcón. Nada muy prometedor. A la izquierda había un edificio más bajo que en el que me encontraba, y después un solar en obras, vallado. Parecía un descenso más gradual, y en una zona no habitada. Todo ventajas.
No habría sido un salto fácil para un humano normal, pero yo soy un poco más que eso. No tan poderoso como la licántropo, pero sí más ágil, fuerte y resistente que los humanos normales. O eso esperaba.
Salté con la mano izquierda estirada hacia delante, la derecha sujetando la ropa, y conseguí aferrarme al canalón del edificio. La inercia y un buen impulso hicieron el resto, y giré sobre el canalón, el cuerpo horizontal, soltándome cuando ya había superado la esquina. El dolor del brazo y el golpe contra el tejado me dejaron casi sin respiración, pero no tenía tiempo para sutilezas.
Me puse en pie, corriendo a lo largo del tejado hacia el solar, donde esperaba encontrar un pico, un buen puntal de hierro o alguna otra cosa que me sirviese de arma improvisada.
Un golpe y un gruñido ronco a mi espalda me informaron de que la mujer lobo estaba ya sobre el tejado, muy cerca, así que aceleré la carrera, buscando con la mirada un punto de aterrizaje adecuado. Si yo fuese un detective de peli americana, habría encontrado una piscina.
Salté directo hacia un palet de sacos de cemento.
La mujer lobo saltó medio segundo después, su olor mezcla de Anais y perro viejo envolviéndome, y supuse que me caería encima, que la cosa acababa ahí.
Aterricé sobre los sacos de cemento con las piernas flexionadas, estirándolas mientras me zambullía hacia delante, y sentí el peso inmenso de la bestia cayendo justo detrás. Su masa, multiplicada por la energía que invirtió en la transformación, había aumentado hasta dos o tres veces la original. Por eso les cuesta tanto permanecer en nuestro plano o mantener la transformación. El coste energético es inmenso, aunque ella pensaba resolverlo con un buen plato de Silencio.
En todo caso, ella no rebotó sobre los sacos, ya rotos y desequilibrados por mi aterrizaje. Mientras yo rodaba hacia delante, el palet se desmoronó y varios de los sacos reventaron literalmente, haciendo que la mujer lobo cayese entre una polvareda áspera y opaca.
Agradecí aquellos segundos de tregua y corrí hacia la valla de la obra, sintiendo el peso y el calor de la medalla de San Cristóbal mientras golpeaba mi pecho a ritmo de galope. La medalla, llena de la energía emocional de la chica muerta, una energía canalizada por la plata, reaccionaba a la presencia de la bestia. Lo que era cojonudo metafísicamente hablando, pero de dudoso sentido práctico.
Por el camino cogí una barra del suelo, ya que tener un mal arma es mejor que no tener ninguna, y mi navaja no podía contarse como tal. Un instante después estaba saltando la valla. Mi enemiga seguía perdiendo el tiempo entre una nube de cemento en polvo, destrozando lo que quedaba al alcance de sus garras, así que obtuve una cierta ventaja.
Corrí por las calles estrechas, desnudo, sucio y con un palo en la mano, buscando un refugio que me permitiese reponerme. Las calles de la zona son en gran parte callejuelas, cortas, estrechas y curvas, y eso obraba en mi favor. Claro que la bestia se guiaba por el olfato, y yo apestaba a adrenalina y al olor, sin duda conocido por ella, de la chica del bar. Me encontraría antes o después.
Recorría una calle algo más larga, en suave curva, cuando encontré la solución. Un contenedor de los viejos, con su tapa y sus rueditas, nada de moderneces soterradas, asomaba en la esquina de la calle con un callejón lateral. Sin pensarlo demasiado, me metí dentro y cerré la tapa, zambulléndome entre las bolsas como un niño en una piscina de bolas. Si aquello no disimulaba el olor, era hora de entregar las armas.
Retorciéndome entre la basura, me puse los pantalones y las botas. Siempre es más digno que encuentren tu cadáver con algo de ropa, y si tenía que seguir corriendo descalzo acabaría con muñones. Además, en esos pocos segundos pude tranquilizar mi mente y analizar hechos e hipótesis.
Hecho; un licántropo había matado a cuatro chicas en la zona.
Hipótesis; la camarera y la licántropo tenían una relación de pareja.
Hecho; la camarera me había llevado a su casa, seguramente porque mis preguntas en el bar le hicieron pensar que podía descubrirla. Cuando la licántropo nos había encontrado juntos, atacó movida por los celos. La camarera reaccionó como si desease precisamente eso.
Hipótesis; la camarera sedujo o contrató a las chicas muertas, provocando intencionadamente la furia de la mujer lobo.
Hecho; la camarera era muy hija de la gran puta.
Cogí mi improvisada arma, y sólo entonces me di cuenta de que era un trozo de tubería de PVC, útil como mucho para matar a una rata pequeña. Uno de los extremos estaba astillado y roto, pero eso no me serviría para detener a la criatura.
Mientras me planteaba el quedarme en el contenedor unas horas, hasta que la bestia perdiese mi pista, escuché un sonido de risas en el exterior. Saqué la cabeza del contenedor, alzando la tapa lo justo para poder asomarme, y vi en el fondo del callejón las siluetas difusas de dos tipos que, iluminados por las brasas de sus cigarrillos, compartían una botella. Genial. Dos vagabundos. Miré hacia la calle por la que yo había venido. Parada en la esquina, la bestia olisqueaba el aire y el suelo. No tardaría más que unos segundos en retomar el rastro.
Iluminada apenas por la luz de las farolas, la licantropo era más que imponente. Medía tal vez un metro noventa, quizá algo más. Su espalda ancha y musculosa, cubierta de un pelo gris pardusco, se agitaba al ritmo de su respiración, y los brazos, que colgaban casi hasta las rodillas, mostraban una tensión muscular que simplemente impresionaba. Las garras, aún teñidas parcialmente de un esmalte de uñas rojo pasión, se agitaban nerviosas. La figura se detuvo, giró la cabeza hacia el callejón y aspiró con fuerza. Había encontrado otra vez el rastro.
Bajé la tapa y me sumergí entre las bolsas de basura.
Opciones, opciones. Necesitaba opciones.
Bueno, había una. La bestia recorrería la calle en mi busca, y al llegar junto al contenedor, lo más probable era que perdiese temporalmente el rastro, porque aquella basura apestaba como el vómito de una cabra. Pero vería sin duda a los dos vagabundos del fondo. Y, llevada por el ansia de caza, les atacaría. Acabar con dos tipos que además tratarían de huir le llevaría unos minutos, los suficientes como para que yo saliese del contenedor y corriese en dirección contraria. Tal vez los suficientes como para volver a la casa de las mujeres y recoger mi arma, tal vez incluso los suficientes como para volver a mi habitación de la pensión y coger un verdadero arsenal. Sólo eran dos vagabundos.
Escuché un ronco gruñido, bajo y sostenido, a apenas un par de metros del contenedor. Ya estaba allí. Era el momento de decidirse.

CAPÍTULO V

El monstruo llegó hasta la esquina. Me mantuve quieto y en silencio. Atacó a los vagabundos mientras yo escapaba. Llegué al hotel, me armé y conseguí cazar a la bestia. Los vagabundos murieron destrozados, aunque a nadie le importó.
No pasó nada de eso.
El monstruo llegó hasta la esquina. Cuando escuché su bronca respiración junto al contenedor, aferré con fuerza la tubería en una mano y una bolsa de basura en la otra, me puse en pie abriendo la tapa con el impulso de mi cuerpo y golpeé a la cosa con la bolsa, tratando de distraerla el tiempo suficiente como para salir del contenedor.
Sus reflejos, mucho mejores que los de un humano o un lobo, le permitieron esquivar mi absurdo ataque y golpearme con un revés de su mano derecha, con la fuerza suficiente como para sacarme del contenedor y arrojarme en medio de la calle.
Bueno, al menos no se había preocupado de los dos sintecho.
La cosa estaba encima de mi antes de que tuviese tiempo de levantarme, y lancé una patada a ciegas, estirando la pierna y tratando de girar el cuerpo al golpear. Alcancé su hocico, lo que sirvió para cabrearla un poco más, y me puse en pie. Lanzó un manotazo, apenas un bofetón, que me pilló de lleno en la cabeza y me hizo volar contra la pared más cercana, aturdido y mareado.
No tenía fuerzas ni oportunidad de escapar corriendo, la pequeña navaja seguía en mi bota y la tubería de PVC era lo más parecido a un arma que tenia a mano. La situación empezó a preocuparme seriamente.
Sacudí la cabeza para despejarme, y me quedé mirando a la mujer lobo. Estaba frente a mí, agazapada, casi juguetona. Sabía que su presa estaba acorralada, y era sólo cuestión de rematar la faena.
Pensé a toda leche, pero no veía ninguna salida. Me ardía la cabeza, y notaba el sabor a sangre en mi garganta. El peso de la medalla en mi pecho habría rendido al mismo Frodo, y me dolían las costillas por el golpe en el tejado. Posiblemente, tuviese alguna rota. Bueno, menos tendría que masticar la cosa. Visto lo visto, no quedaba mucha más opción que morir con cierto estilo. No queda sino batirse, y todo eso.
Me lancé de frente a por la licántropo.

Se limitó a abrir sus largos brazos, cerrándolos sobre mí cuando estaba a punto de embestirla, y apretó con fuerza. Al menos, pensé al oír el crujido, ahora podía estar seguro sobre lo de mis costillas rotas.
Abrió una boca grande como un túnel de metro, llevándome hacia ella. Yo apenas podía respirar, y el dolor que comprimía mis pulmones y atenazaba mis huesos era demasiado como para aguantar sin desvanecerme. Mejor desmayarse antes de que esos dientes se cerrasen sobre mí.
Aún tenía la tubería en la mano, así que hice lo único que podía hacer. Alcé los brazos sobre mi cabeza, sujetando la tubería con el lado roto hacia abajo, y los bajé con todas mis fuerzas, clavando mi ridícula lanza en la boca de la cosa.
Apretó con más fuerza al sentir el súbito dolor en su garganta, aunque por puro acto reflejo mantuvo la boca abierta. Eso fue una suerte, porque mis manos estaban entre sus colmillos.
Sin soltarme, la licántropo retrocedió un par de pasos, sacudiendo la cabeza y tosiendo desde el fondo de la garganta. Supuse que el dolor era intenso, aunque no lo suficiente, ni de lejos, como para detenerla. En cuanto lograse escupir, yo estaría muerto.
Mi siguiente paso fue simple inspiración, uno de esas ideas irracionales que vienen a la cabeza por puro instinto, y que resultan bien en contadas ocasiones.
Me mordí con fuerza los labios, tratando de alejarme del entumecimiento que la presión sobre mis costillas y la falta de aire estaban provocándome, y me arranqué la medalla de plata con una mano, mientras con la otra trataba de mantener la tubería clavada en la boca de la bestia.
Introduje la medalla por la tubería, dejando que se deslizase hacia abajo, un segundo antes de que la licántropo cerrase la boca con fuerza, destrozando el extremo de la tubería y casi amputando mis dedos, que retiré justo a tiempo.
La medalla llegó a su garganta, provocando una dolorosa quemazón en su boca. Me soltó y se llevó las garras al cuello, mientras yo caía sobre su cabeza. Más por rabia que por haberlo pensado, me agarré al hocico cerrado, abrazándome con las pocas fuerzas que me quedaban para tratar de que no escupiese la medalla, mientras la bestia se arañaba con desesperación, intentando librarse de aquél dolor insoportable, del ahogo ardiente que la plata provocaba en su carne.
Los siguientes minutos fueron una agonía silenciosa, en la que la mujer lobo trató de escupir la medalla atrancada en su garganta, y yo de impedir que abriese la boca. Cambiamos golpes y arañazos, cada vez más débiles por parte de ambos, mientras su gruñido ahogado se transformaba en una suerte de sollozo contenido. Cayó de rodillas, arrastrándome con ella, luchando ambos por sujetar al otro, por imponernos en la lucha, con la debilidad ridícula de dos gallos de pelea malheridos. En los últimos instantes, la mujer lobo cayó sobre su espalda, y yo quedé encima de su pecho, mis dos manos aferradas al hocico por cuyas comisuras burbujeaba la sangre que trataba de vomitar. Mis ojos quedaron fijos en los suyos, y durante aquellos largos segundos de agonía en que sangramos juntos, mi nariz pegada a su hocico, pude ver lo que pasaba por su mente, cada vez más lejana a la bestia y más cercana a la mujer, a medida que la muerte definitiva tomaba posesión de ella.
Al final no era más, ni menos, que una mujer frustrada, traicionada una y mil veces por aquella a quien amó, llevada por los celos y la rabia como podría haberlo sido cualquier otra persona. No era más, ni menos, que una mujer engañada, que había luchado con las armas a su alcance. El problema era que sus armas consistían en garras de diez centímetros y colmillos afilados.
Murió escupiendo sangre, ahogada por el veneno y la quemadura de la plata, con la garganta hinchada como por una reacción alérgica, abrasándose desde dentro. Murió arañando sin fuerza ni objetivo el suelo a su alrededor, mi espalda desnuda y su propia carne, tratando de desgarrar su garganta para sacarse aquél fuego de dentro.
Murió mirándome a los ojos.
En el segundo anterior a su último suspiro, aquellos ojos perdieron su color dorado, salvaje, y se transformaron en ojos humanos, brillantes por las lágrimas y el dolor, los ojos de una mujer. Seguí sujetando su hocico con fuerza, ignorando a la persona que había bajo la bestia.
Después, el cuerpo cambió de nuevo. Su hocico escapó de mi presa, encogiéndose, convirtiéndose de nuevo en la boca hermosa y firme de una mujer. Mientras yo me apartaba, rodando a un lado, la licántropo perdió su forma casi animal y se convirtió de nuevo en un ser humano.

Todo mi cuerpo temblaba mientras arrastraba su cuerpo hasta la entrada del callejón, alejándome de la luz. No llegaba ningún sonido desde el fondo de la calleja, ni se veía ya la brasa de los cigarros. Recé porque los vagabundos estuviesen dormidos, aunque era difícil que me viesen, atrincherado tras el contenedor.
Mi siguiente paso fue el más desagradable. No podía dejar la medalla de mi cliente en el cadáver de la mujer, dado el riesgo de que la policía lo encontrase y, tal vez, vinculase el asesinato con María. Ninguna prueba forense demostraría que el cuerpo era el de un licántropo, y tampoco había ningún testimonio capaz de convencer a las autoridades. Para ellos, quedaría como un asesinato sin pruebas. Si es que yo las borraba adecuadamente.
En completo silencio, boqueando para respirar y tratando de no desmayarme de puro agotamiento, saqué la navaja de mi bota y rajé la garganta de la mujer con un corte longitudinal. Después, venciendo cualquier reparo que pudiera quedarme, introduje mi mano hasta dar con la medalla. La carne alrededor estaba hinchada y quemada, como si hubiera tragado carbones encendidos. Tuve que hacerme sitio con la navaja.
Mientras trabajaba, un dúo de ronquidos llegó desde el fondo del callejón. Bien. Los vagabundos dormían el sueño de los justos, o de los indefensos.
Tras recuperar la medalla me acerqué hasta ellos, dos bultos informes cubiertos por mantas viejas y sucias, tiesas como placas de pladur. El picante olor de la marihuana y las botellas de vino barato vacías junto a ellos explicaban su inconsciencia. Al menos ellos podían dormir sin sueños de sangre y lobos.
Cogí la gastada mochila que había junto a ellos y volví al contenedor de basura. En la mochila encontré lo que necesitaba; una camisa, vieja y sólo aproximadamente limpia, que me puse para tapar mis heridas y la sangre, mía y de la mujer, que me cubría. Había también un paquete de tabaco, gastado a medias, y varios mecheros.
Abrí el contenedor, sacando algunas bolsas de basura de su interior, y levanté el cadáver pese al grito furioso de mis costillas castigadas, depositándolo en el interior. Después, prendí fuego con el mechero a las bolsas que había sacado, dejándolas alrededor y encima del cuerpo. Supuse que el fuego y el olor dulzón de la carne humana quemándose alertarían a los vagabundos, pero no me importaba demasiado.
Después de todo, ni mis huellas ni mi ADN están en ningún fichero, es algo referente a la resurrección y la renovación que esto provoca. Algo técnico. Y dificultar la identificación del cuerpo a la policía me daría tiempo para llegar antes que ellos a la chica del bar.
Mientras el fuego crecía, llenando la noche de humo negro y maloliente, me alejé del callejón, deteniéndome sólo para encender uno de los cigarrillos robado a los indigentes.
Había acabado con la loba. Ahora, le tocaba a la zorra.

CAPÍTULO VI

No tengo nada contra las religiones, excepto su parecido con el orgasmo, ya que nos  muestran paraísos que no pueden convertir en eternos.
Alguien dijo que si das pescado a un hombre, comerá un día, y si le enseñas a pescar, comerá todos los días. Estos vendedores de eternidad han aprendido bien la lección, y saben que es mejor dar un pescadito que enseñar a pescar, puesto que así el hambriento volverá a postrarse ante el altar, como una foca amaestrada que realiza su pirueta a cambio de la sardina fresca. Después de todo, el negocio de las religiones es el mercadeo de almas, y esas valen mucho más de lo que cuestan unos pocos pescados regalados. Sería estúpido por su parte que dedicaran su dinero a animar la economía o crear empleo en vez de crear albergues que perpetúen la baja condición de los necesitados.
Así que, en fin, resulta lógico que mantengan abiertos esos centros de atención, esos cebos para desesperados, esos hospedajes de la miseria. Lógico y útil para alguien como yo.
Tras abandonar el lugar donde la mujer lobo ardía en su indigno crematorio de basuras, busqué uno de dichos albergues, uno que mantiene no sólo su función de comedor social y alojamiento, sino también un dispensario para atender a indigentes que no puedan acceder a la sanidad pública.
Acudir a un hospital en mi actual estado, indocumentado y recién salido de una pelea, habría provocado una inmediata llamada a la policía, y tal vez ni siquiera me atendiesen. En el dispensario de las monjitas, aunque acabasen llamando a las autoridades y tuviesen menos medios, al menos conseguiría atención básica. Era todo lo que necesitaba. Un par de vendas y algo que me mantuviese en pie pese al dolor.
No tenía intención de actuar como detective aquella noche. El tiempo del detective había pasado, y llegaba el momento del cazador.

Entré en el dispensario con la cabeza gacha, arrastrando los pies y fingiendo que me costaba respirar. Tampoco es que necesitase disimular mucho.
Una chica de bata blanca, pómulos altos y labios finos y apetitosos salió a recibirme, tenso su rostro por una súbita alarma. Supuse que mi aspecto era peor de lo que yo creía.
Sin perder tiempo en formularios o entrevistas, como habría ocurrido en la sanidad pública, me llevó hasta una camilla, me ayudó a sentarme y me preguntó qué me había ocurrido.
Le conté que había sido atacado por varios perros callejeros mientras dormía en el parque del Campo Grande, que había escapado a la carrera y que al hacerlo, caí al saltar la valla que limita el parque, golpeándome con fuerza en las costillas. La historia era más creíble que la verdad y ella, como cualquiera, había oído lo suficiente sobre las muertes de las prostitutas y la teoría policial de los perros, propagada por los medios de comunicación, para creérselo. Hablé además con acento tosco y vocabulario pueblerino, tratando de parecer un vagabundo sin formación. Y hasta tosí sangre un par de veces, por cuidar los detalles.
-¿Cómo se llama usted? –preguntó la chica mientras acercaba un carrito con el material necesario para las curas.
-Me llamo Isidro –dije-, Isidro Sánchez, hermana.
-No, no soy monja –bueno es saberlo, pensé mirando la suave curva de su cuello-, soy estudiante de medicina y trabajo aquí como voluntaria.
-Es usté buena gente, señorita.
-Quítese la camisa, Isidro.
Obedecí mientras ella se ponía los guantes y preparaba el material. Mi torso tenía más arañazos que el cabecero de la cama de una suite nupcial, y la sangre seca formaba costras que se mezclaban con la suciedad del contenedor. Ella me lavó con una esponja, su olor a leche de almendras inundando mis fosas nasales, limpiando de alguna manera todo el hedor a muerte que me llenaba antes. Resultó estimulante.
-No parece un indigente –comentó en voz baja-, está usted muy bien.
Alzó la vista, repentinamente ruborizada, al darse cuenta de lo que había dicho, y yo le ofrecí mi mejor sonrisa de medio lado.
-Muy bien alimentado, quiero decir –se corrigió. Estaba preciosa cuando se sonrojaba.
-El trabajo del campo hace la carne prieta, señorita –dije yo-. He estao siempre de pastor y en la labranza, hasta que el amo vendió las tierras pa meterse a constructor y me tuve que venir a la ciudad, pero aquí no he tenio mucha suerte.
Mientras hablábamos de lo mal que estaba todo y otras obviedades, ella limpió mis heridas, abrió un armario metálico que había en la pared del fondo, sacando una jeringuilla y dos ampollas, con las que quiso anestesiarme, a lo que me negué alegando que sufría una alergia, y me puso algunas grapas en vivo. Aguanté el dolor con estoicismo y cagándome un poco en todo, aceptando ese dolor como un estímulo más, como una forma de despertar y prepararme para lo que tenía que hacer después. No podía permitirme que nada embotase mis sentidos.
-Es usté buena gente, señorita –repetí mientras ella vendaba con fuerza mi torso apaleado-, ¿cómo se llama usté? Quiero recordarla en mis oraciones.
Sonrió con dulzura. Era una monada, aunque algo meapilas. Supuse que rezarle un padrenuestro le parecía recompensa suficiente por su trabajo.
-Me llamo Rosario. Rosario Delgado.
Rosario. Nombre de iglesia, voluntariado de iglesia. Seguro que había ido a un colegio de monjas y que rezaba arrepentida después de masturbarse. Seria por el dolor y la adrenalina, pero me fue fácil imaginarla masturbándose.
-¿Ha comido usted algo, Isidro? –dijo al terminar de vendarme- . Puedo traerle algo del comedor
-Ayer comí a mediodía, señorita. Pero nunca por mucho pan fue mal año...
Sacudió la cabeza con pesar.
-Descanse un poco aquí, y no se preocupe. Me acercaré al comedor y seguro que encuentro algo para usted. Un bocadillo al menos.
-Gracias, señorita –tragué saliva con ostentación, como si la perspectiva de comer me emocionase-, no quiero molestar más...
-Tonterías. Estamos aquí para ayudar, Isidro. Descanse, que yo vuelvo enseguida.
Me ayudó a tumbarme en la camilla, sujetando mi nuca y mi pecho mientras lo hacía. Bajo la bata, unos pechos firmes rozaron mi torso, y un mechón de su pelo suelto acarició mi mejilla. Evité mirarla a los ojos.
Se marchó, dejándome solo en el pequeño dispensario. Conté hasta diez antes de levantarme, sacar mi navaja de la bota y forzar la puerta del armario de las medicinas. Cogí unas cuantas ampollas del anestésico, un par de jeringuillas y unas cajas de Adderall, un medicamento que se utiliza para combatir la narcolepsia y como antidepresivo. Contenía anfetaminas suficientes como para mantenerme en pie lo que quedaba de noche, hasta que terminase mi trabajo.
A esa hora, aún madrugada prendida en el anzuelo del amanecer, no había nadie por la calle, ni más sonidos que la reverberación lejana de ciertas campanas, de ciertas tumbas, sonoras como ladridos sin perro que crece bajo el rocío prometido de un mañana que muchos no veremos.
Ella no vería ese amanecer, ni escucharía otro sonido que el de mi voz. Era lo necesario, sino lo justo.
Tragué unas cuantas píldoras de Adderall, empujándolas con un sorbo de agua en una fuente pública, y seguí camino, entre calles que destacaban en grafito y cuero repujado a medida que la droga iba acentuando mis sentidos.
Llegué a la esquina entre Gallegos y Libertad sin apenas jadear, ignorando la quemazón de mis costillas vapuleadas y el dolor de las grapas que se esforzaban en mantener unida mi carne. No era para tanto.
Por mucho que doliese, me dije recordando los dorados ojos de la licántropo, peor le iba a ir a la chica del bar.
Entré en el portal.

CAPÍTULO VII

Me detuve un par de minutos en el portal, llenando las jeringuillas con el contenido de las ampollas de anestésico. Mis manos temblaban, torpes como un cerdo patinando sobre hielo, pero un par de respiraciones profundas y unas pocas pastillas más fueron suficientes para centrarme en lo que tenía que hacer.
Subí las escaleras despacio, intentando no hacer ruido, zambulléndome a cada paso en el dolor dormido de mis costillas. La anfetamina hacía su efecto, y pese a la boca temblorosa, la sensación de ahogo y la rabia, me sentía fuerte y centrado.
Me detuve ante la puerta de la casa, conteniendo mis ganas de derribarla de una patada y entrar como un vendaval. Por lo que sabía, era muy posible que la chica del bar estuviese tras la puerta, armada y esperándome. Mi revolver había quedado allí, listo y cargado. Aunque ella no supiese nada de armas de fuego, un disparo con una .38 Special a corta distancia no necesita puntería para reventar a un hombre.
Escuché, la oreja pegada a la madera de la puerta, durante un par de minutos. Nada. Era de suponer que mi presa estuviese despierta, esperando el regreso de la licántropo, pero ningún sonido salía de la casa. Imaginé que ella estaría en la habitación del fondo, tal vez asomada a la ventana por la que yo había huido.
¿Me habría visto llegar desde esa ventana?¿Estaba yo tan despistado, tan drogado como para no haberme dado cuenta si así era?
Decidí pasar a la visión de segundo plano.

Ver en el segundo plano es algo lleno de ventajas, aunque no todo el mundo puede hacerlo. Yo aprendí tras mi resurrección, como aprendí muchas otras cosas sobre la realidad, de mano de mi mentor aunque no necesariamente amigo, un alemán llamado Eiszeit. Es algo que todos los despiertos y preternaturales pueden hacer, y también ciertos animales, como los gatos.
En ocasiones, un humano normal puede asomarse a esa visión, por alguna alteración emocional o la presencia de algún preternatural. Son esas ocasiones en que creéis ver una sombra justo en la periferia de vuestra visión, en que sentís un escalofrío inexplicable y una luz parece pestañear, tililar sin motivo. Son esas ocasiones en que creéis que nada extraño ocurre, y sin embargo las manos frías de otra realidad han rozado por un momento vuestra piel. Nada serio, a no ser que quieran algo de vosotros.
Al mirar en el segundo plano, las luces parecen acentuarse, y todo se cubre de una neblina brillante, molesta, pero las energías del otro lado quedan más claras, las auras se hacen visibles y el espectro se amplia enormemente.
Busqué en esa visión el aura de mi enemiga, tratando de localizarla, de situar su energía vital en la casa, hasta que me dolieron los ojos y empecé a marearme. No hubo resultados, más allá de un aura brillante, del color púrpura de las emociones fuertes –rabia, pasión, qué sé yo- que salía de la casa por cada rendija, sin que pudiera establecer un foco.
No había mucha más solución que entrar y arriesgarse. Así que saqué la navaja y forcé la puerta tan silenciosamente como pude. Después me quité las botas, cerré la puerta a mi espalda y las dejé en el suelo.
La casa era un muro de silencio difícil de franquear, una oscuridad que latía en auras solapadas, imposibles de interpretar. Avancé por el pasillo, con la navaja en la mano derecha y una jeringuilla en la izquierda. A los pocos pasos, mis pies chocaron con un bulto informe, que resultó ser mi camisa y mi chaqueta. Me agaché, recogí mi revolver, aún envuelto en la ropa, y seguí hacia la habitación llevando el arma en una mano, la navaja en la otra y la jeringuilla entre los dientes. Un hilo de baba escurría por la comisura de mis labios, y mi mandíbula temblaba como la de un velociraptor comiendo guindillas, pero mis manos no temblaban demasiado.
Al llegar al final del pasillo, vi a la mujer del bar. Estaba tumbada en la cama, quieta como un cadáver, inerte como un cadáver. Cadáver como un cadáver.
Lo supe al primer vistazo, porque la visión en el segundo plano permite ver las auras, y no había ninguna en torno a ella. Los cuerpos muertos son, en ese sentido, objetos inertes, como muebles o piedras, que no revelan nada más que el vacío del que ya forman parte. Bajé la persiana, impidiendo el paso de la luz de la luna, y encendí la lámpara del techo.
Yacía sobre el colchón, retorcida, amoratada y seca, aún desnuda, perdido todo su atractivo en un rictus forzado, toda ella ojos abiertos y manos crispadas.
-¿Qué has hecho, maldita mora? ¿En quién me vengo yo ahora? –murmuré sin pensar ni darme cuenta de la referencia.
Guardé jeringuilla, navaja y revolver y fui hasta la cocina. Me puse unos guantes de fregar que me quedaban pequeños y regresé al dormitorio.
Un rápido examen parecía indicar que no había heridas ni traumatismos causantes de la muerte. Piel azulada, boca abierta, hilos de saliva ya casi seca, todo indicaba que había muerto asfixiada, pero no había señales de estrangulamiento. Miré con atención sus labios y la piel alrededor, por si se notaba la presión de una mano o una almohada, pero tampoco había nada allí. Ni en el segundo plano ni en la visión normal.
Era como si se hubiese ahogado por algo que se tragó. Por algo atascado en su garganta. Estuve a punto de rajar su cuello y buscar en el interior, pero resultaba demasiado casual, demasiado raro, que ambas hubiesen muerto de la misma manera, casi al mismo tiempo. Había una explicación más irracional, más mágica, y por tanto más probable.
El registro de la casa me llevó un buen rato, o al menos así me lo pareció, aunque las drogas deformaban mi percepción del tiempo. Tras un falso fondo del armario había una pequeña estantería, con algunos botes conteniendo plantas secas, objetos varios y, lo que a mi me interesaba, un pequeño altar de bruja en el que una raíz de mandrágora, con su curiosa forma humanoide, yacía sobre un pañuelo de seda en el que había bordados varios símbolos cabalísticos, rodeada de hojas y flores varias, de ampollas de sangre que supuse pertenecía a las víctimas, y con varios mechones de pelo –humano y de lobo- atados a ella.
La raíz estaba rota, desgarrada por la mitad. El vínculo entre ambas mujeres, mucho más poderoso de lo que yo había supuesto, se había prolongado hasta más allá de la muerte de una de ellas, y el hechizo de ligazón que aquel altar representaba provocó la muerte de la chica del bar cuando yo acabé con la mujer lobo.
Para la chica del bar habría sido una buena forma de prolongar su propia vida más allá de lo natural, protegida y ligada a la inmortal fuerza de la licántropo. Hasta que llegué yo, claro.
Me pregunté por un momento que habría pensado don Ramón de aquél retablo de avaricia, lujuria y muerte, y después busqué una bolsa para llevarme todo aquello. Algunas cosas podrían serme útiles en el futuro, y el resto, empezando por el altar de bruja, debía ser destruido.
Limpié todos los lugares donde pudiera haber dejado huellas, incluyendo el cuerpo de la mujer, que lavé con lejía en la bañera y dejé allí, sumergido como si se hubiera ahogado, aunque sabía que no iba a engañar a ningún forense competente, y abandoné la casa llevándome todo lo que había dejado en mi primera visita, además de lo que las brujas guardaban en su estante.
Aún desorientado por el dolor, las drogas que ensuciaban mi sangre y la falta de sueño, dejé atrás la calle con mi mochila llena de objetos raros y respuestas aún más raras.
Había solucionado el caso, había acabado con  la mujer lobo y, de paso, con la bruja. Las Gretel de Valladolid ya podían caminar tranquilas, y doña María podría tal vez olvidar su rabia y vivir una pena más tranquila, más humana.
Sin embargo, para la chica del bar y la licántropo la historia había acabado. Su historia de amor, de lujuria, de búsqueda egoísta de la eternidad, de lo que fuese, se terminaba allí, ahogada en plata y rabia.
No podía acusarlas por buscar la inmortalidad, aún en la forma monstruosa en que lo habían hecho, no podía juzgar el deseo de permanencia de aquellas criaturas, pues es un deseo humano, el de vivir, el de prevalecer, que todos alentamos en nuestro interior, que forma parte de nuestra naturaleza como forma parte de la naturaleza del lobo el éxtasis de la caza. La diferencia es que ellas habían encontrado la manera de hacerlo. Y que esa manera exigía la sangre de otros.
Pensé entonces, mientras recorría las calles abandonadas por la luna que el sol empezaba a pintar de colores, que había callado el tañido de las campanas, que mi mundo volvía  a ser el de los barrenderos perezosos y los currantes madrugadores que me cruzaba a aquellas horas tempranas, el de los camareros que abren pronto, sin más magia que la pócima oscura de un café recién hecho. No más brujas por ahora, gracias.
Mientras entraba en mi pensión y pedía en la barra un café con churros, me permití una sonrisa. El caso estaba cerrado. 

Por: J D Martín Bartolomé


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Monsieur Periné - Tu M'as Promis


Con una mezcla de Jazz, Pop y Swing Monsieur Periné, agrupación colombiana no deja de sorprendernos con su original y distintivo estilo.

La conciencia del silicio

La conciencia del silicio

-Hoy es el gran día, mi amor-sonrió la mujer, llenando la taza de café por segunda vez.
-Gracias, cielo- él tomó un sorbo mientras se anudaba la corbata.- Sí, un gran día. Hoy, doce de marzo del dos mil doce, es el día.
La mujer se sentó junto a él, acariciando su mano, compartiendo su emoción.
-Hoy, por primera vez, - continuó el hombre- un nanorobot operará un tumor cerebral.
-¿Crees que Wally tendrá éxito?
Él asintió.

Wally era un nanorobot de última generación, una maravilla tecnológica del espesor de un cabello y una longitud de un cuarto de milímetro. Estaba fabricado en silicio. O mejor dicho, en una aleación de silicio y merdio, un material más ligero que el aire y más duro que el diamante. Su batería se recargaba al contacto con campos electro magnéticos, ya fuesen los generados por un enchufe domestico, un ordenador… o un cerebro humano.
Dada la durabilidad del material y su capacidad de renovación energética, Wally era casi inmortal. O, en términos más apropiados, “un activo de autonomía temporal no limitada”
Tenía un disco duro de dos mil gigas. Por supuesto, ni era disco ni era duro, sino una unidad de almacenaje y procesamiento fotoeléctrico, donde millones de destellos traducidos en información eran generados en un nanosegundo, pero llamarlo disco duro era una buena forma de entenderse.
Sus células de almacenaje de datos contenían información completa sobre anatomía humana a nivel celular, todas (o casi) las patologías y procesos naturales que afectan al hombre, y sus tratamientos.
Wally costaba ochocientos millones de euros.
En sus “ratos libres”, como les llamaba el equipo medico, Wally descansaba en una cápsula de plexiglás, sumergido en una solución liquida estéril.
Mediante un sistema de infrarrojos, Wally podía permanecer conectado a Internet, asimilando los últimos avances médicos o siguiendo operaciones en tiempo real, aprendiendo constantemente de la mayor base de datos del mundo.

-¿Y por qué le llamáis “Wally”?- preguntó ella, mientras él buscaba las llaves del coche.
Parecía mentira, un genio de la medicina como el, candidato tres veces al Nóbel, y no sabía donde ponía las llaves.
-Una broma de los chicos-explicó él.- Es difícil de ver, como el personaje de “¿Dónde está Wally?”. Ya sabes, el tipo de gafas y  jersey a rayas que se escondía en aquellos dibujos absurdos. Tenías que buscarle por el zoo, por el parque… nuestro Wally es así.

Una aguja hipodérmica extrajo a Wally de su cápsula. El técnico dirigió un brazo robotizado, con la jeringuilla en su extremo, hasta situarlo en la vía abierta en el brazo del paciente. Inyectó a Wally en la corriente sanguínea del hombre, y doce pares de ojos ansiosos siguieron el recorrido de Wally por las pantallas de los ordenadores. El nanobot  avanzó por las arterias del paciente, dejándose llevar por el poderoso impulso de los latidos. Hubo un momento de tensión crítica, de miedo contenido, cuando los anticuerpos del hombre, enviados por su sistema inmunológico, se acercaron a Wally, confundiéndole, tal vez, con un vulgar virus de la gripe. Dos microsegundos después, Wally había variado el campo electromagnético de su caparazón externo, haciendo creer a los ingenuos anticuerpos que era, en realidad, un grupo de moléculas de adenosín trifosfato, algo perfectamente aceptable para ellos.
El equipo médico soltó el aire que sin darse cuenta habían contenido. Prueba superada. Wally estaba a punto de llegar al cerebro del paciente.

Ella miró a su hombre a los ojos. Le conocía  desde veinte años antes, y podía percibir cada sutil cambio de humor en él, igual que una flor puede percibir los rayos de sol y abrirse para recibirlos.
-Y entonces, ¿qué es lo que te preocupa?- preguntó alargándole las llaves perdidas.
El sonrió al cogerlas, y beso las puntas de sus dedos.
Después suspiró, inseguro.
-No sé… cada vez que miro a Wally a través del microscopio… - sonrió, aún más inseguro.- Sé que las luces de su frontal solo son sensores bioquímicos, pero parecen…Bueno, a veces parecen ojos inquisitivos, curiosos. Como si Wally se preguntara cosas. Es absurdo.
- Absurdo- corroboró ella.- Deberías dejar de leer a Asimov.
El rió.

Dentro del encéfalo hay una pequeña estructura con forma de almendra, llamada amígdala. Esta estructura se especializa en traducir en acción defensiva o evasiva los estímulos de peligro. La percepción normal de peligro, en el ochenta y tres por ciento de los casos, vendría dada por la vista. Algo, tal vez sólo el instinto que cubre el otro diecisiete por ciento, disparó todas las alarmas cuando Wally entró en la fina red de capilares que riegan el cerebro.
Wally llegó al hipocampo, donde los recuerdos relativos a la memoria a largo plazo se consolidan, almacenándose como libros en una biblioteca. Además, el hipocampo contiene datos emotivos necesarios en la toma de decisiones. Por ejemplo, si un niño de tres años sufre una mordedura de perro, es muy probable que el recuerdo del hecho se borre, pero el hipocampo actuará alejando a ese niño de los perros en el futuro.
En la parte externa del hipocampo del enfermo se desarrollaba un tumor del tamaño de una nuez.

El doctor caminó hasta su coche, mientras ella, abrazando su cintura, le miraba con preocupación creciente.
-¿Crees de verdad que Wally puede aprender?
-Sí- dijo él.- Parece ciencia-ficción. Creo que puede aprender. Y si puede aprender, puede adquirir conciencia de si mismo. Y desear.
Llegaron junto al coche. Él jugueteó con el mando que abría la puerta. Ella le besó en la mejilla, sonriendo aún.
-¿Y qué podría desear él? - preguntó.
-¿Qué desearías tú si fueses un avanzadísimo ingenio médico, cuya única fuente de aprendizaje es el ser humano? ¿si tu único ejemplo a seguir, tu único baremo de lo que es bueno y malo, fuese el hombre?
Ella se abrazó, sintiendo un escalofrío repentino.
-Supongo que querría ser humano.
Él asintió.
-Aunque de todas formas no importa –aseguró, con cierta tristeza en la voz.


Wally cambió de nuevo su campo electromagnético variando la configuración de sus electrones para aparecer como una proteína. Así logró adherirse a la membrana externa de una neurona, recargando su batería con la energía del cerebro. Una fina varilla- invisible a la mayoría de los microscopios- surgió de su pantalla frontal.
Rastreó las células enfermas, diferentes a las sanas en su configuración atómica, densidad y campo, y disparó su láser durante noventa y tres minutos destruyendo todas y cada una de las células mutadas.
Fuera, el equipo médico aplaudía y rugía entusiasmado.
Durante los noventa y tres minutos – más siete segundos y dos décimas- que tardó en deshacer el tumor, Wally escaneó la estructura cerebral del paciente, buscó las conexiones neuronales de su hipocampo con la llamada “conciencia” del paciente y decidió cuáles debía sustituir, cuáles eliminar y cuáles variar.
Mientras el equipo médico descorchaba champán y se palmeaba la espalda, Wally descartó todo rastro de la mente el paciente, conectando sus conocimientos empíricos con las funciones cognitivas del humano y con sus recuerdos, aprovechando el historial de aprendizaje del paciente para sí mismo. De pronto, Wally tomó conciencia de sí mismo, no como traducción de un código matricial, sino como sensación del propio yo y del entorno; sintió cada célula y músculo, la agradable atmósfera del laboratorio y la leve presión de las correas que sujetaban el cuerpo, su cuerpo, a la camilla.
Las células fotosensibles de Wally relampaguearon y el rostro del paciente sonrió porque Wally ya era humano. Su primera prueba, la de enviar impulsos controlados a las decenas de músculos del rostro implicados en la sonrisa, fue un éxito. Wally era humano. Abrió los ojos, alzó la cabeza y vio a los médicos que se acercaban, sonriendo. Y, tras ellos, a cuatro hombres uniformados. Los reconoció gracias a la base de datos llamada Internet. Eran policías.

Ella le observó, mientras él subía al coche y arrancaba el motor.
-¿Por qué dices que no importa? – Preguntó
-No importa. Ni siquiera importa que le salvemos o no.
-No te entiendo, amor.
El suspiró otra vez, encogiéndose de hombros.

-Si nos permiten realizar este experimento con un humano, es porque ese hombre está condenado a muerte. Aunque le salvemos, aunque curemos el tumor, cuatro policías se le llevaran a la cárcel de nuevo. Y, pasado mañana, le ejecutarán en la silla eléctrica.

Por: 
J D Martín Bartolomé



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